A veces lo defectuoso puede valer más que lo perfecto


A veces lo defectuoso puede valer más que lo perfecto


Terminé de leer Tess d'Urberville de Thomas Hardy, una obra que si bien pude leerla en un par de sentadas, preferí hacerlo a sorbitos quizá por el dramatismo cautivador que la atraviesa; la narrativa plagada de ingeniosas referencias bíblicas que lejos de demeritarla redundan en su enriquecimiento; el proverbial tratamiento del amor por parte del autor; y la personificación de la virtud en Tess. 

Respecto a la protagonista, lejos de entristecerme me sanó su resignación frente al destino, su aversión hacia el peso que pueden representar las normas sociales sobre los hombros de las personas el cual termina por fatigar la parte más pura del corazón, y su facilidad para conmover al lector gracias a que su belleza física, fácil de imaginar, queda en segundo plano frente a la belleza integral de la que participa, una belleza dotada de sentimientos, ideas y valores, para los que la vida moderna, en contraste, no tiene cabida: Tess es una Venus pandemo y una Venus celeste por igual. 

La obra al estar inscrita en un perpetuo vaiven, por un lado, nos recuerda por qué cuando Platón triangula la belleza con la bondad y la verdad, se refiere a que una persona es bella no sólo por su rostro o su figura -como Alcibíades-, sino por su fuerza para desasirse de las malas acciones y encausar su mente* hacia el bien a pesar del efecto embrutecedor de las pasiones o del entorno moralmente empobrecido, por su potencia para alejarse de una conducta falsa embaucada por el narcisismo y encontrar la verdad en su autodominio; pero, atendiendo al carácter tragico de la novela, por otro lado, nos enseña que tanto para el amor verdadero como para la amistad verdadera en ocasiones resulta necesario ir más allá del bien y del mal con el objetivo de demostrar su autenticidad, pues el amor y los amigos son lo que da sentido a nuestras vidas: en un mundo donde Dios ha muerto el amor es el último resquicio para abrigar la fe y el valor. 

Antes de leerla me encontré con un estudio donde se mencionó que Thomas Hardy peca de cierto anacronismo en su escritura frente a la novela del s. XX, pero siendo sinceros, sus fallas e imperfecciones son muchos más memorables como trabajo aunque mal realizado, que muchos otros textos bien hechos de la misma época.




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