Fire, walk with me

Terminé de ver Twin Peaks, una serie que si bien habla sobre el peligro detrás de los secretos, asimismo habla sobre lo aterrador que puede llegar a ser el misterio el cual adquiere sentido capítulo a capítulo hasta dislocar la narrativa aparentemente predecible. Lo que valoré por encima de todo es el manejo ejemplar de las dualidades: porque la serie es como un sueño que parece una pesadilla; es como una rebanada de pay de cereza con dos bolas de helado y café, en una mano, y como la locura que embarga a un padre por la dolorosa perdida de su hija, en la otra; es la intriga, el poder de las pasiones sobre los individuos que resultan indistinguibles en tanto que lo que afecta a uno determina al otro como un solo cuerpo, pero también el romance aún como subterfugio, y la fuerza de los afectos para encontrar la verdad, la bondad y la belleza que todos podemos alcanzar. De entre todos los personajes mis favoritos fueron Cooper, por su capacidad para ver más allá de las cosas que no interfiere con su capacidad de disfrutar de las cosas más sencillas, Lucy por el tono de su voz, Andy por su inocencia, y Annie no por ser una mujer-nacida-ayer sino por personificar la dualidad de la oscuridad y la luz. Me gustó la paleta de colores, las locaciones, las actuaciones, las risas que me despiertó, y aunque hay otra muchas otras cosas que no me gustaron como sus fallas en torno a la verosimilitud, los valores que aborda y la jerarquización que se les otorga, siento cariño por la serie como un todo. Entendí que no es una tendencia, o como un chicle que se vuelve a poner de moda, sino que es un modo, una obra que vale la pena revisitar cuantas veces sea necesario.




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