Bodas de sangre y Yerma
Bodas de sangre y Yerma
Terminé de leer Bodas de sangre y Yerma de Federico García Lorca, los dos grandes textos trágicos del autor, y en donde queda fuera La casa de Bernarda de Alba por pertenecer, más bien, al drama -por más que haya quienes quieran verla como parte de una trilogía (Miguel García-Posada)-. En ellas se tratan diversos temas de los cuales rescato principalmente tres: el deseo insatisfecho frente a la ineluctabilidad del destino, porque no son los factores sociales o económicos los que impiden la conjunción de las aspiraciones entre los personajes sino la necesidad un ello que domina sus vidas; también las pasiones, entendidas en términos de inseguridad e impulsividad, angustia y desasosiego, encarnadas por la Novia o Yerma respectivamente; y la fuerza de la mujer, en el sentido de volver aquello que las oprime o obstaculiza en sus medios para salir avante aún cuando, en una mano, las consume por dentro un pesar y sufrimiento igual a un incendio, y, en la otra mano, esa potencia que las mueve hacia adelante las dirige al abismo.
Me gustó, me cautivó, me enloqueció, la atmósfera provinciana que envuelve a ambos textos, con un amplio registro de experiencias y vivencias de la vida popular y campesina. Porque las emociones que entran en juego corren parejas con las imágenes de la naturaleza, del campo y de los animales, como una expresión de las mismas y no sólo como una mera representación: «Que te miro/y tu hermosa me quema./Se abrasa lumbre con lumbre./ La misma llama pequeña/mata dos espigas juntas». «Yo soy como un campo seco donde caben arando mil pares de bueyes, y lo que tú me das es un pequeño vaso de agua de pozo». (Federico García Lorca)
Otro aspecto a considerar es la dimensión poética inscrita en el teatro lorquiano, allende a sus símbolos personificados en él, como la muerte o la luna, el macho o la hembra, y más allá del recurso de la versificación presente sobre todo en breves canciones. Su poesía se respira más que en el tratamiento lingüístico o conceptual, en el existencial, en el modo de ser de la Madre, la Novia, de Leonardo, Yerma, Juan, etc., poniendo en evidencia la centralidad de lo humano a través de la frustración, la muerte, la esterilidad, y demás. Su «teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equivocadas y explicar con ejemplos vivas normas eternas del corazón y el sentimiento del hombre». (F. G. L.)
Finalmente, ahondando en esta idea de lo que para Lorca es el teatro, no cabe duda que es fundamentalmente femenino y nutrido por una perspectiva dualista y de opuestos. Las mujeres son víctimas, muchas veces, pero también verdugos (M. G. P.). Mostrando con esto, desde mi perspectiva, una honestidad y sobre todo una verdad a la que los hombres les está vedado acceder por su eterno papel de inquisidores, aunque se encuentra al alcance del lector o espectador. Hay una verdad ética iluminando entre líneas que va de lo humano a lo divino o natural pero que se juega en términos de voluntad o deseo más allá del conocimiento o la existencia, y quienes la transmiten son las propias mujeres. Palpable, p. ej., en una crítica a la sociedad patriarcal y falocéntrica denunciando los roles opresivos impuestos a la mujer, como en el caso de Yerma; o en la rebeldía de la Novia, porque como ya apuntaba Camus: «¿Qué es una mujer* rebelde? Una mujer* que dice no».
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