Ciencias de la sostenibilidad


El deseo de estudiar ciencias de la sostenibilidad fue un deseo fortuito, huidizo, aparente, que se escabulló de imprevisto como la luz en medio de la noche que me abrió los ojos. Claro que no sería verdad si dijera que desde que era niño quería ser científico de la sostenibilidad, porque para ese entonces ni siquiera la carrera existía, sino que de hecho lo quise a partir de planear mis clases de Ética para el bachillerato. Y esto es porque entre los contenidos impartidos para la materia de Ética según el plan de trabajo del sistema incorporado a la UNAM, se encuentran aquellos relacionados con el medio ambiente pero integrados de manera mínima y casi de manera forzosa. Pues resulta más importante saber qué es la ética, la moral, el deber, las normas, la concepción de distintos filósfofos en torno a la liberad, el deber, la virtud, etc., y sin embargo, antes de elaborar la planeación didáctica para todo el año, entendí que los problemas realmente importantes y que merecen ser interiorizados por las alumnas y los alumnos, son aquellos que los interpelen directamente por formar parte del espíritu de la época, sea, el medio ambiente, la tecnología digital, el feminismo, y el animalismo. Fue cuando le dediqué reiteradas clases al cuidado del medio ambiente que entonces en lo más profundo y superficial de mi persona comprendí la necesidad de acercarme al estudio, cuidado, y preservación de la naturaleza más allá de los viejos discursos que nos hablan de la misma como un sujeto-espacio en peligro a quien debemos salvar, que nos necesita y que es nuestro hogar, para situarme en el entendimiento de que somos expresión de la naturaleza, que no somos parte de ella sino que de hecho somos la naturaleza, y que la manera adecuada de comprender el fenómeno de la sustentabilidad es sí desde la ética, pero también de la mano con la ciencia, la política, la economía, y una multiplicidad de disciplinas que convergen al mismo tiempo en la búsqueda de soluciones por mor de la propia organicidad y holismo del medio ambiente. 


Considero que ponerse de acuerdo con otras personas para lograr un objetivo común es de las situaciones más complicadas que cualquier profesionista debe afrontar a lo largo de su trayectoria laboral, y que en el caso del científico en sostenibilidad forma parte de su quehacer cotidiano, lo cual en vez de ser un obstáculo es un medio para lograr su mayor potencial, en tanto que evidentemente debe tener un conocimiento sólido en cuanto a herramientas analíticas y para la investigación transdisciplinaria pero también debe poseer una profunda sensibilidad, empatía y humanidad para la lidiar con el resto de las personas pues vivimos bajo el mito de considerarnos a nosotros mismos seres absolutamente racionales que tomamos decisiones con base en la reducción de males mayores en un futuro a costa de males menores en el presente, una estructura de causa y efecto, etc. cuando en realidad somos seres que tomamos decisiones muchas veces guiados por las pasiones o las emociones que se salen de nuestro control, de modo que es precisamente en esa contradicción de lo que nos constituye como seres humanos donde entra la ética del científco en sostenibilidad para conciliar los distintos puntos de vista para lograr una solución en torno a los problemas urbanos; la conservación de los ecosistemas; la ejecución de políticas públicas orientadas a la sostenibilidad; producción y consumo de energía, etc. Con esta proposición no afirmo que la dimensión económica y ambiental se subsumen a la dimensión social, sino que resulta más pertinente negociar a partir de un enfoque inscrito en la pregunta de qué debemos hacer, por encima de lo que queremos hacer, aunque en la práctica no siempre funcione para alcanzar el desarrollo porque muchas veces lo esencial no es distinguir cuál es la mejor decisión sino tener la voluntad para llevarla a cabo.

De entre los problemas que deseo estudiar en el posgrado de Ciencias de la sostenibilidad, dos se me presentan como los más apremiantes: en un mano, el tema de la escazes del agua, el cual vivo de primera mano desde por lo menos hace dos años en el lugar en donde vivo, pero que a nivel nacional forma parte de una crísis hídrica sobre todo en las regiones norte y centro del país y a una disminución de la disponibilidad del agua per capita en las últimas décadas; y, en la otra mano, el tema de la producción y consumo de energía, pues me resulta sorprendente que México, siendo uno de los países con mayor cantidad de recursos renovables, dependa constantemente de la inversión extranjera para el financimiento y desarrollo de la infraestructura energética, y que cuando apuesta por hacerse cargo de sus necesidades lo haga a través de instituciones y políticas que no cumplan con las metas que el mismo Estado se propone. 

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