Pasiones VI
Me cuesta creer en esa distinción entre los que son escritores y los que son escribidores, entre los que mecanografían y los que escriben, es puro orgullo herido. Acaso están los que tienen una relación matrimonial con la literatura y los que ven la literatura a una amante, claro que estos son sólo palabras de otros autores que en algún momento salen al ruedo tanto a defender como atacar el oficio del escritor, y con todo vale la pena escucharlas porque nos recuerdan que en esto de la escritura uno se va formando, no se sabe bien si por la experiencia o el estudio, pero uno se responsabiliza de lo que dice, aún cuando la escritura empieza como un ejercicio en soledad. Los juicios de valor en ocasiones no dejan de ser una imposición, cuando sabemos que las humanidades tienen una carácter crítico, no siempre se tiene que estar de acuerdo con todos e incluso con uno mismo. A todo esto no podemos dejar de lado las pasiones, quizá porque la escritura surge de la pasión, si uno no tuviera esta maldita necesidad de decir lo que tiene que decir ya no como una inclinación, un ejercicio consciente, un acto, sino como algo que te arrastra en su narrativa no hablaríamos de pasiones. Hay quienes hacen de esto su trabajo, probablemente mi primera intención fue esa, cuando escuché que Stephen King escribía no sé cuántas hojas todos los días me dije «claro, yo también quiero perfeccionar mis intuiciones imperfectas», el caso es que nunca pensé en que se volvería una obsesión. Vengo de luchar por ponerme a escribir, yo sé que es algo que necesito desde hace muchísimo tiempo, nada más que no tuve la fuerza para hacerlo y ahora que estoy aquí también es satisfactorio. Las pasiones arrastran y elevan, son la katabasis y la anabasis del poeta, cuando el viaje es por los cielos es de un deleite innombrable, lo que se no alcanza a nombrar es el desbordamiento del deseo en lo bueno. Por otra parte, creo que de la mano con el tema de las pasiones va muy de la mano el tema de la educación sentimental, y parte de esa educación es aprender a enfocar la atención en lo que nos libra de las tristezas, de las penas, de las dudas o del temor. A diario estamos expuestos en lo real y en lo simbólico, que dicho sea de paso quién sabe qué carajo sea eso que los psicoanalistas se inventaron, a peligros, a tristezas aunque eso no tiene por qué implicar que naveguemos en oscuridades... no obstante me siento como un tonto. Aunque no es de alguien tonto el luchar por sus sueños. El problema es dar pasos de excesiva confianza cuando hay que aprender a andar con mayor seguridad, si me doy cuenta que las cosas van bien con una persona o con un trabajo no tengo que dar todo por sentado y mucho menos actuar como si todo fuera cien por ciento seguro, no es responsabilidad de las personas decirme ¡No no, ten cuidado, puede ser que el día de mañana te diga una cosa absolutamente diferente" Claro que eso no ocurre, es responsabilidad mía aprender ser más cauteloso y cuidadoso. Eso no significa que no siga intentando alcanzar mis metas, evidentemente que ya no en las mismas circunstancias sino en otras. Si quiero que esto funcione tengo que ser real, pero ser real no significa que me desboque. Las pasiones, y las derrotas, esas a las que llamamos aprendizajes cuando nos hacemos agradecidos, son parte de la forma ser que nos tocó experimentar. Hay algo en este personaje llamado Quijada que de tanto leer se queda loco y sale con su escudero Sancho y todas las que pelea siempre las pierde y es muy gracioso verlo confundir las peras con las manzanas, no es que haga de cuenta sino que su realidad es así como la experimenta, en su delirio. Y todas las pierde, es muy cómico. Hay algo en ese personaje que algunos de nosotros tenemos, hay algo de nobleza en los delirios de la propia mente pues su intención es intentar enmendar el mundo, aún con todo y que es un personaje al que se le podrían hacer uno que otro reproche social y moral, que lo mueven mejorarlo pero no tiene las herramientas o solamente se las ve con su mente y esas derrotas son las que cuentan la historia del Quijote, si no tuviéramos esa colección de estupideces e infortunios no tendríamos uno de los géneros modernos por excelencia que es la modernidad. Qué quiere decir eso, que la modernidad inaugura también un lugar en la cultura y en el pensamiento con los estúpidos, con los idiotas, ahí está Dostoievski, el idiota es el que intenta hacer las cosas bien pero es un imbécil en todo el ámbito de lo utilitario y lo consecuencial, su ámbito acaso es el categórico, nadie puede captar esas acciones en sí mismas y tan sólo él lo hace pero de una manera que la hace de idiota. Y esto ya no tiene que ver con una dimensión mestiza e hispánica dentro de nosotros sino de algo más general que es la época, la modernidad, la modernidad tiene algo que enseñar muy específico y en concreto en torno a las derrotas, la locura, la buena voluntad, y los estúpidos y los idiotas. ¿En el momento duelen las derrotas? Claro qué sí, son lacerantes, nos muestran lo irresponsables que podemos llegar a ser. Ahora bien ¿Cuántos tipos de derrotas existen? Hay derrotas que tienen un dejo ignominia. Hay otras que son como las que estamos hablando, aquellas que enseñan algo de una forma más clara aunque no queramos aprender de ello porque somos muy egoístas, pensamos que todo trata de nosotros y tenemos que ver que los otros intentan llevar sus vidas. Nos quedan estos momentos de derrotas y pasiones. Así como hay tipos de derrotas, hay tipos de pasiones, quien quiera actuar en conformidad con la mejor parte de su ser tiene que aprender de las derrotas y las pasiones como experiencias a las que sólo se accede como un idiota.
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