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Derrotado, expulsado de tus entrañas,

defendiéndome con mis versos cueleques 

contra tu furia arrebatada

acabo agradecido contigo por moldearme

primero hasta la suma perfección

para luego dejarme desasido.


El calor que me hace sudar los huesos

es reemplazado por un frío inmovilizante 

y las risas resuenan como vidrio roto

estrellado en la inmaculada loseta

de una casa vacía, sin vida, ya apagada.


No sé si alguna vez aprenda a decidir

entre opciones exentas de arrepentimiento

mundos en dónde mirar el amanecer

contigo a mi lado, y el atardecer.

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