Pasiones X

Tratamos nuestras pasiones como si fueran enfermedades a las que nadie quisiéramos contarles sobre su avance, es ese pequeño detalle, ese intersticio entre el diagnóstico y el estado de ánimo, donde nos cerramos a la posibilidad de entender el mensaje que nos estamos enviando nosotros mismos. Estar enamorado no es un maldito castigo, tampoco una mala suerte, hay quién dice que es como un don, es como estar endiosado pero también un poco endemoniado. Se dice que el enamoramiento es un tipo de locura y es, en parte, lo que nos ayuda responder la pregunta de quiénes somos o ¿quién soy yo? Intentar dar respuesta  a esa pregunta implica, por una parte, atender a la individualidad, y, por otra parte, a lo que nos ayuda a abrir los ojos. Pensamos que somos nuestro trabajo, nuestros títulos, nuestro cuerpo moldeado a la manera en que al publicidad nos ha dicho que debe ser, que somos el dinero que tenemos en nuestras cuentas de banco, lo que tenemos y poseemos, sin darnos cuenta que lo que poseemos acabará poseyéndonos. ¿Desde cuándo lo importante es sentir que tenemos bien aferradas a nuestras manos las poquitas cosas que nos ayudan a estar cuerdos? ¿Y para qué? Nada de lo que tenemos es realmente nuestro, creemos que estaremos completos el día que tengamos un nuevo par de pantalones caros o cuando compremos nuestra casa, y no es cierto, ese día vamos a estar más putos esclavizados. Cuando Spinoza hablaba de que la cultura nos enseña a vivir tristemente, se refería a esa estúpida necesidad de seguir poseyendo cada día más, de apegarse, de no saber soltar, y desde ahí no tiene sentido intentar responder a la pregunta de quiénes somos. Lo que necesitamos no está afuera, está adentro de nosotros. El problema es que no somos lo suficientemente valientes como para hacer lo que realmente queremos, hay una parte de nosotros a la que recurrimos porque nosotros mismos no podemos lograr lo que nos proponemos, cuando sale nos asusta la fuerza o la potencia con que nos arrastra inmediatamente a lo que durante días, meses o años intentamos llegar e incluso hay quienes se llegan a sentir culpables por ello. Para estar completamente en sintonía con nosotros mismos el proceso debe ser gradual, una vez más, lo valioso y esencial no viene de afuera sino de adentro, es un proceso de intimidad, y para asentarse en uno mismo hace falta ser paciente; un día el proceso avanza a tal punto de irreversibilidad que las molestias desaparecen. En caso de persistir entonces es buena señal. En ocasiones lo valioso requiere sacrificio, algo de destrucción en lo que nos perjudica para construirnos en lo conveniente. Creo que la pregunta de quién soy se vuelve más acuciante porque al estar en momento de desprendimiento material me enfoco en lo que realmente me nutre, como es la compañía de personas vamos a llamarlos simpáticas y divertidas, un trabajo donde sienta que lo que hago marca una diferencia, algo de amor porque sin amor la vida se vuelve fría y banal, la escritura y el manejo de las pasiones. Hay un momento donde las puertas se cierran por completo, no hay manera de seguir fingiendo y es esto o es nada. Una vida aparentemente cómoda de oficinista donde me puedo masturbar con los catálogos del Ikea no es precisamente en lo que pensé cuando decidí estudiar filosofía. La filosofía no está hecha para hacer dinero, ni para ser académica, es algo que va más allá y tiene que ver con el acto de creación. En eso sí tenía razón Deleuze... claro, como en muchas otras cosas. La creación es lo que marca una diferencia en nuestras vidas, no digo que seamos los únicos en crear, tiene la naturaleza una tendencia hacia el cambio, sólo que en nosotros es un modo de seguir siendo. El ser humano lidia con sus creaciones en materia de tecnología, es lo que le permite su supervivencia, en cambio ¿qué ocurre con las creaciones culturales? Decía Nabokov que en ocasiones se escribe para liberarse de las historias. Hay historias dentro de nosotros esperando a ser contadas, seres que quieren salir y manifestarse en la realidad por medio de nosotros, hay un ello que está en constante negociación con el yo y de los resultados de dicho encuentro depende enormemente nuestra felicidad, animo, paz mental y el éxito. No todos nosotros queremos ser escritores, no todos quieren hacer la revolución, filmar una película o ser cantantes, cada quien tiene una voz interna que puede aprender a escuchar. Hay una cierta disolución del ego y eso es un camino adecuado para escalar hasta lo que somos. Eso que intentamos negar de nosotros es como si lo pusiéramos en un lugar oscuro, de ahí que ser profundo evidentemente es aprender a ser oscuro, hay una necesidad de pensar, de pensar de otras formas a las habituales y en esa polivalencia, multiplicidad, en todas esas pequeñas esferas flotando en el aire como luciérnagas se adquiere una especie de forma o morfología de la personalidad. Quien quiera seguir siendo nada más yo y yo mismo tendrá muchas dificultades para disfrutar de la salud mental, es todo eso que no se alcanza a comunicar pero que se intenta, la condición propia del silencio como antesala de lo que antes no era audible a lo que aprendemos a prestar atención para conformarnos como individuos. En un principio no somos gran cosa, se nos va dotando de lo necesario para crecer, como a todos los seres vivos de la naturaleza, con eso que originalmente no está en nosotros. Lamentablemente la conciencia de la relación se va perdiendo por necedad, por la obsesión de tener, de nuestra incapacidad para asumirnos como seres que se pueden y quieren realizar a sí mismos y que se trueca en un consumismo con olor a tumba. Al final se recupera, no sabemos si como castigo o premio, pero la conciencia de la relación se hace cada día más evidente, casi palpable, sus contornos se perciben en los lugares que sirven de fondo y escenario a nuestra vida diaria como una compañera silenciosa que en ocasionas murmura una extrañamente hermosa melodía.

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